Perdonado

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En su celda en la Prisión Estatal de Arizona, en los Estados Unidos, Gabriel Nieto esperaba nervioso al guardia que lo llevaría a la sala de visitas.

perdonadoLos padres del muchacho que él había asesinado habían pedido permiso para visitarlo. Gabriel no podía negarse, ¿pero cómo iba a mirarlos a los ojos teniendo él las manos manchadas con la sangre de su hijo?

Mientras el guardia lo escoltaba dentro de la sala, los padres se pusieron de pie para recibirlo. Avergonzado y cabizbajo, Gabriel se sentó con ellos y les contó lo que él recordaba de aquella terrible noche. Él y dos amigos manejaban sin rumbo buscando a quién robar, cuando vieron a tres adolescentes caminando. Gabriel, que venía en el asiento del copiloto, se asomó por la ventana y sin razón alguna disparó la escopeta que traía. Ellos huyeron sin saber que la única bala disparada, supuestamente para “asustar” a los muchachos, había herido de muerte a Brent Lorentz.

Cuando fue detenido, Gabriel inmediatamente se declaró culpable ante las autoridades. ¿Alguna vez ha pensado en que usted es culpable también? Dios, que conoce todo detalle y secreto acerca de nosotros, declara que “ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”, Eclesiastés 7.20.

Para Gabriel fue fácil aceptar su culpa delante de los policías, pues pensaba que eso podría ayudarlo a reducir su sentencia. Pero admitir su responsabilidad por la muerte de Brent frente a los padres de él era otra cosa. Gabriel sabía que los había herido profundamente y que jamás podría reponerles lo que les había quitado. Tratar de justificarse, alegar que no era su intención matarlo, echarle la culpa a sus amigos, o simplemente negar los hechos no le habría servido de nada. Ellos ya sabían la verdad. El juez ya había evaluado la evidencia, lo había declarado culpable y su condena ya estaba en curso.

Algunos procuran inútilmente justificar sus pecados ante Dios, pensando que no son muchos, ni tan graves, o que no era su intención hacer tales cosas. Pero la Biblia nos advierte que “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”, Hebreos 4.13. Dios es el justo Juez y la evidencia está en contra nuestra, porque “cualquiera que cumpla toda la ley [los diez mandamientos], pero que falle en un solo mandato, ya es culpable de haber fallado en todos”, Santiago 2.10 (RCV). El veredicto es uno solo: ¡somos culpables!

Los padres de Brent habían visto con angustia a su hijo de 16 años luchar por su vida durante siete días hasta que murió. Su dolor era tan profundo que querían matar al culpable. Pero ahora enfrentaban una pregunta inimaginable: ¿podrían perdonar al asesino de su único hijo? Contra todo pronóstico, y para sorpresa de Gabriel, ellos escogieron perdonarlo aunque él no lo merecía.

Esta oferta de perdón era inmensa, pero aun así Gabriel tendría que cumplir su sentencia de 25 años en prisión. En contraste, lo que Dios ofrece no sólo incluye el perdón de la culpa, sino también la libertad del castigo en el infierno. Esto es posible porque el Señor Jesucristo, al morir en la cruz, sufrió voluntariamente el castigo que nosotros merecíamos. “Él herido fue por nuestras rebeliones… el castigo de nuestra paz fue sobre él”, Isaías 53.5.

Como Dios es totalmente santo y justo no podía pasar por alto nuestro pecado, sino que tenía que castigarlo. Pero en su gran amor hacia nosotros, indignos pecadores, “Jehová cargó en él [Jesucristo] el pecado de todos nosotros”, Isaías 53.6. Así, por medio de Cristo, Dios le ofrece hoy a usted “el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia”, Efesios 1.7.

Gabriel no hizo nada para merecer el perdón de los padres de Brent. De hecho, no había nada que él pudiera hacer para devolverles a su hijo. De la misma manera, usted tampoco puede hacer nada para merecer el perdón de Dios. No trate de reformar su vida, dejar los malos hábitos, mejorar su matrimonio o comenzar a asistir a la iglesia para hacerse digno de su perdón. No intente ganarse la aprobación de Dios, porque para Él “aun nuestras mejores obras son como un trapo sucio”, Isaías 64.6 (TLA). Sin embargo, “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”, Efesios 2.8. El perdón de Dios es un regalo, ¡grande e inmerecido! Y para el que lo recibe, “ninguna condenación hay”, Romanos 8.1.

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