¿Puedo llegar a Dios a mi manera?

viaadmin Edición 5, Español

yo-tengo-mi-propia-religionCrecí con dos influencias religiosas. Mi papá tenía creencias islámicas “drusas” y mi mamá católicas. Me gustaba ir a misa porque podía confesarle mis pecados al sacerdote, pero mi papá comentaba frecuentemente que nuestros pecados no los podía perdonar un ser humano, pecador como nosotros, sino sólo Dios. Comencé a pedirle perdón a Dios directamente, pero percibía una separación entre Él y yo.

A pesar de mi sincero deseo por encontrar el perdón, sabía que estas confesiones eran “pañitos calientes” que no tenían un efecto permanente. Leí toda la Biblia sin entender mucho. Después de leer gran parte del Corán, creí haber hallado la combinación perfecta para generar un plan de perfeccionamiento personal y moral. Me inspiré en el plan de Benjamin Franklin, cuyas metas morales eran la sinceridad, la templanza, el orden, la humildad, y otras nueve virtudes.

Pensaba que debía mejorar para que Dios me aceptara, por lo que implementé mi propio plan tratando de borrar cada uno de mis defectos, como si éstos pudieran ser contados. Comencé con muchas expectativas, pero pronto se hizo evidente que la perfección no era parte de mí. Lo intenté varias veces y fracasé. Mi plan no me acercaba a Dios en absoluto, pues mi problema no se resolvía de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera.

A petición de un primo asistí a un lugar donde se hablaba de Cristo. Era la segunda vez que escuchaba el evangelio y en mi ceguera espiritual creía que “ellos tienen su manera de llegar a Dios y yo tengo la mía”. Si bien mi atención no estaba puesta completamente en el hombre que hablaba, entendí que la salvación no se lograba con mis condiciones o planes de mejoramiento, sino por el medio perfecto provisto por Dios. Pensé: “¿Por qué te esfuerzas tanto en llegar a Dios por tus propios medios? ¿Acaso crees que si tú pudieras llegar a Él a tu manera, Dios habría dado a su Hijo en la cruz? Entiéndelo, el plan de salvación consumado es”.

Mis obras eran, a pesar de mis buenas intenciones, trapos sucios (Isaías 64.6) que no agradaban a Dios. ¡Qué liberación entender que Él ya había hecho todo para pagar por mis pecados! No era lo que “ellos creen o dicen”, sino lo que la Palabra de Dios asegura. Dios me ha limpiado de mis pecados por la obra consumada de Cristo en la cruz y he sido transformada sin planes de mejoramiento.

Samia Abdul Bagi
Nueva Jersey, EE.UU

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