Un Regalo Para Mí

viaadmin Edición Actual, Español

Nací en un pueblito del Valle de Cauca llamado Cajibío, en Colombia, pero poco después nos mudamos a Armenia, a unos 280 km de la capital, Bogotá.

Cuando tenía cuatro años tuve un accidente. Me caí de un muro de tres metros y nadie se dio cuenta de que tenía heridas internas sino hasta los tres días. Los médicos dijeron que era un milagro de Dios que yo todavía estuviera con vida. A pesar de mi corta edad, aquella experiencia me dejó con un miedo terrible a la muerte. Muchas veces me despertaba en la noche espantado porque pensaba que iba a morir. Pero años más tarde, el vacío y la falta de sentido en mi vida me hicieron desear la muerte. Por mi mente pasó la idea del suicidio algunas veces, pero luego pensaba que eso sería un acto de cobardía.

Crecí sabiendo que Dios existía, pero ignoraba cómo encontrarlo. Cuando tenía trece años unas personas vinieron a mi casa para leernos la Biblia. Me sorprendí cuando me preguntaron si quería ser salvo. “¿Salvo? ¿De qué?” Yo me consideraba bueno: no tomaba, no peleaba, no fumaba, no robaba. Pero Dios dice que “no hay quien haga lo bueno… ni siquiera uno”, Salmo 14.3.

Por un tiempo fui a una iglesia, pensando que allí podía encontrar a Dios. Ese edificio me sirvió de refugio, pero no hallé lo que buscaba. En aquel entonces leí Mateo 7.13-14: “Entrad por la puerta estrecha… que lleva a la vida”. No entendí esos versículos, pero sabía que ahí estaba la clave de lo que buscaba. Cuando los escuché seis años después en otro lugar, supe que era Dios quien me buscaba a mí. Luego pensé con temor: “¿Qué dirían mis amigos si soy salvo? ¿Se reirían?”.

Un día, cuando me dolía mucho una muela, me dije: “Este dolor es mío; mis amigos no lo pueden sentir. Es algo personal. Y si muero en mis pecados, yo soy el que va a sufrir la ira de Dios”. El siguiente domingo escuché nuevamente el Evangelio, y deseé profundamente ser salvo. Regresé a casa pensando en lo que había escuchado: Cristo murió para salvar a los pecadores. Entonces me di cuenta de que delante de Dios yo era un pecador perdido y por lo tanto Cristo había muerto ¡por mí! Dios le ofrece la salvación a todos, pero aquel 1 de diciembre de 1996 entendí que el regalo de la salvación era para mí, ¡y lo acepté! Finalmente había encontrado lo que buscaba.

Carlos Casta̱o РArmenia, Colombia

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